Sin más compañía que mi entorno inerte (para
lo convencional y minimalista) y esa longeva melodía hecha poesía de Bob Dylan
que hacía volar a mi querido Forrest, o bien flotar en los sueños de quien
desea formar parte del viento y elevarse hacia la cúspide de lo que nadie
rosará más que el que encausa su propia corriente del salmón, la recordada
Blowin´ in the wind. Es una apreciación personal y apertura de sentidos intima,
la suya la encontrarán en otra canción, lectura, pintura, cine, arte en general
o simplemente en las palabras que en estos momentos leen.
Diversos son los diálogos que se
aprecian por ejemplo en realizaciones cinematográficas, elaborados con tiempo
siniestro, tal vez, pero con una intención, la de hacernos pensar, y la que hoy
en día cobra una relevancia impensada hace pocos años atrás, ¿Cuál es?, la de
recordarnos lo importante que es dialogar, decirnos las cosas cara a cara,
frente a los cristales de nuestra realidad, dejar que nuestra alma hable a
través de lo que muchas veces dejamos que interprete el mundo de forma invidente,
pero que cuando nos permitimos abrir nuestro bulevar íntimo, penetra tan o más
profundo que el diamante más preciado
por los cazadores de la sangre negra de nuestro paraíso.
Prácticamente avances
revolucionarios e inimaginables de décadas no muy lejanas como el teléfono
quedaron relevados y relegados a un plano a definir por las llamadas
aplicaciones de sistemas operativos complejos (para usuarios Kitchs), que
reemplazaron a un sencillo marcado de número para contactarse con otra persona
dominando el tiempo y espacio de la comunicación. No obstante eso es algo de lo
que nadie se preocupa, pasando todo por las redes sociales y aplicaciones para
“comunicarnos”, si hasta los grandes negocios, estafas, coimas y corrupciones
pasan por wathsapp por ejemplo; y peor aún, nos dejamos llevar por lo que se
escribe elaboradamente con tiempo a favor transformándonos en poetas,
filósofos, políticos, especialistas de ámbitos variados, genios y humoristas.
Es nuestra principal
preocupación, revisar lo que nos responden a través de estos canales,
pendientes si a lo que publicamos le dan un like (ojo, yo estaré pendiente a
esta publicación en Facebook si le dan su me gusta).
Más allá de criticar y criticar,
algo recurrente y populista, la intención de esta nota que escapa a lo musical
acostumbrado por quién acaricia delicadamente las teclas de su fiel y cómplice
compañía de ruta, es la de acercarnos a lo intrínseco de nuestro ser, a lo que
nos llevó a ser humanos, a diferenciarnos de los animales, nuestro arte de
comunicarnos verbalmente, darnos el tiempo de escuchar, ¡sí escuchar!, sentir
lo que la otra persona nos quiere comunicar, aquella que nos busca para
compartir su felicidad, desgracias y frustraciones, ya que si nos las cuenta es
porque formamos parte importante de su existencia; soltemos los teléfonos un
instante u ocupémoslos para citarnos y generar un ambiente exquisito propio y
único sólo por unos instantes aunque sea.
No pretendamos resolver todo a
través de aquello que incluso nos puede generar mayores inconvenientes por
malas interpretaciones de palabras escritas con destierro paraverbal, ya que si
no manejamos una buena redacción esto se traduce en una hecatombe
comunicacional, sobre todo si soberbiamente asumimos que los códigos de la
comunicación virtual es entendida por todos los usuarios de lo que yo, usted y
muchos tenemos en nuestros teléfonos, muchas veces resignados por trabajo o
simplemente porque es lo que tenemos y por lo que nos permite hacer sociedad.
Lo seguiremos usando, debemos
hacerlo, es nuestro deber, avanzar a la par
con los tiempos, sin embargo no olvidemos la importancia de detenernos
un instante en nuestra alocada carrera para observar, escuchar e intercambiar
aquellas palabras que solamente se pueden expresar en presencia de quien
queremos las interprete, de acuerdo a la situación o estacionalidad por la que
estamos pasando, ya que como quizás muchos de los que leen, alguna vez han deseado
pronunciar en persona muchas de las palabras que hemos vertido en un canal de
agua que nunca desembocará en ese mar de oportunidades que quizás nos daría el
poder decir lo que sentimos, escuchar y ser escuchado, más allá de un gélido
ok, dale, dedo parado, o las fastidiosas palomitas.
Así llegamos al final de un tedioso
recorrido para quienes no terminaron de leer esto, pero para aquellos que si lo
hicieron les recuerdo el mensaje de que “Más que arrepentirse de lo dicho,
preferir arrepentirse de no haberlo hecho”; ahora bien eso se los reformulo, y
me cito, en un “Más vale arrepentirse de escribirlo y no haberlo dicho por una
sola vez a quien deseábamos estuviera frente a al alma desnuda de quién
necesita ser escuchado”.
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