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ALTERNA TUS SENTIDOS MUSICALES

domingo, 3 de julio de 2016

COMO HEMOS OLVIDADO CONVERSAR


Existen espacios infinitos en el tiempo en los que nos sentimos inspirados, aquellos en que afloran esos sentidos, extraviados en lo trivial, de poetas frustrados o de aquellos jornalistas añejos olvidados por el periodismo moderno, sí, esos que escribían acerca de lo que la piel rescataba de la esencia de la simpleza, esa vieja, clásica, prehistórica y absurda forma de comunicarnos para los de hoy y para los de ayer que prescindimos y nos rendimos ante el avance implacable de la tecnología que nos resuelve la vida con un simple ok, me gusta, o like ( in inglish if you prefere). Preámbulo a lo mejor, innecesario en la actualidad para recordar, cuanto hemos olvidado conversar.
 Sin más compañía que mi entorno inerte (para lo convencional y minimalista) y esa longeva melodía hecha poesía de Bob Dylan que hacía volar a mi querido Forrest, o bien flotar en los sueños de quien desea formar parte del viento y elevarse hacia la cúspide de lo que nadie rosará más que el que encausa su propia corriente del salmón, la recordada Blowin´ in the wind. Es una apreciación personal y apertura de sentidos intima, la suya la encontrarán en otra canción, lectura, pintura, cine, arte en general o simplemente en las palabras que en estos momentos leen.
Diversos son los diálogos que se aprecian por ejemplo en realizaciones cinematográficas, elaborados con tiempo siniestro, tal vez, pero con una intención, la de hacernos pensar, y la que hoy en día cobra una relevancia impensada hace pocos años atrás, ¿Cuál es?, la de recordarnos lo importante que es dialogar, decirnos las cosas cara a cara, frente a los cristales de nuestra realidad, dejar que nuestra alma hable a través de lo que muchas veces dejamos que interprete el mundo de forma invidente, pero que cuando nos permitimos abrir nuestro bulevar íntimo, penetra tan o más profundo que el diamante  más preciado por los cazadores de la sangre negra de nuestro paraíso.
Prácticamente avances revolucionarios e inimaginables de décadas no muy lejanas como el teléfono quedaron relevados y relegados a un plano a definir por las llamadas aplicaciones de sistemas operativos complejos (para usuarios Kitchs), que reemplazaron a un sencillo marcado de número para contactarse con otra persona dominando el tiempo y espacio de la comunicación. No obstante eso es algo de lo que nadie se preocupa, pasando todo por las redes sociales y aplicaciones para “comunicarnos”, si hasta los grandes negocios, estafas, coimas y corrupciones pasan por wathsapp por ejemplo; y peor aún, nos dejamos llevar por lo que se escribe elaboradamente con tiempo a favor transformándonos en poetas, filósofos, políticos, especialistas de ámbitos variados, genios y humoristas.
Es nuestra principal preocupación, revisar lo que nos responden a través de estos canales, pendientes si a lo que publicamos le dan un like (ojo, yo estaré pendiente a esta publicación en Facebook si le dan su me gusta).
Más allá de criticar y criticar, algo recurrente y populista, la intención de esta nota que escapa a lo musical acostumbrado por quién acaricia delicadamente las teclas de su fiel y cómplice compañía de ruta, es la de acercarnos a lo intrínseco de nuestro ser, a lo que nos llevó a ser humanos, a diferenciarnos de los animales, nuestro arte de comunicarnos verbalmente, darnos el tiempo de escuchar, ¡sí escuchar!, sentir lo que la otra persona nos quiere comunicar, aquella que nos busca para compartir su felicidad, desgracias y frustraciones, ya que si nos las cuenta es porque formamos parte importante de su existencia; soltemos los teléfonos un instante u ocupémoslos para citarnos y generar un ambiente exquisito propio y único sólo por unos instantes aunque sea.
No pretendamos resolver todo a través de aquello que incluso nos puede generar mayores inconvenientes por malas interpretaciones de palabras escritas con destierro paraverbal, ya que si no manejamos una buena redacción esto se traduce en una hecatombe comunicacional, sobre todo si soberbiamente asumimos que los códigos de la comunicación virtual es entendida por todos los usuarios de lo que yo, usted y muchos tenemos en nuestros teléfonos, muchas veces resignados por trabajo o simplemente porque es lo que tenemos y por lo que nos permite hacer sociedad.
Lo seguiremos usando, debemos hacerlo, es nuestro deber, avanzar a la par  con los tiempos, sin embargo no olvidemos la importancia de detenernos un instante en nuestra alocada carrera para observar, escuchar e intercambiar aquellas palabras que solamente se pueden expresar en presencia de quien queremos las interprete, de acuerdo a la situación o estacionalidad por la que estamos pasando, ya que como quizás muchos de los que leen, alguna vez han deseado pronunciar en persona muchas de las palabras que hemos vertido en un canal de agua que nunca desembocará en ese mar de oportunidades que quizás nos daría el poder decir lo que sentimos, escuchar y ser escuchado, más allá de un gélido ok, dale, dedo parado, o las fastidiosas palomitas.
Así llegamos al final de un tedioso recorrido para quienes no terminaron de leer esto, pero para aquellos que si lo hicieron les recuerdo el mensaje de que “Más que arrepentirse de lo dicho, preferir arrepentirse de no haberlo hecho”; ahora bien eso se los reformulo, y me cito, en un “Más vale arrepentirse de escribirlo y no haberlo dicho por una sola vez a quien deseábamos estuviera frente a al alma desnuda de quién necesita ser escuchado”.





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