Primero que todo les pido que
apliquen play a “Shine on You Crazy Diamond” para que acompañen esta nota, que
es lo que aproximadamente tardaran en leerla (si lo quieren leer en el
Smartphone mejor no lo hagan), para que así se sientan cómplices y tocados por
las próximas palabras que a continuación tocarán la fibra de aquellos que
alguna vez amarillentaron sus dedos aprendiendo a volar. Si no te gusta Pink
Floyd, tienes menos de 30 o simplemente no los conoces y no te interesa, hazte
un favor y retírate ipso facto de este Facebook o Blog.
Para comenzar me resulta complejo
dar pie a escribir esta nota, no por falta de palabras o ideas, sino más bien
por optar por seleccionar, ordenar o simplemente abstraerme de aquellos
recuerdos que inundan mi mente como cual raconto de una novela de jamás
olvidar, no obstante ya comencé a escribir y a describir la historia de
aquellos locos diamantes que alguna vez brillaron tan alto como las estrellas
pueden estar.
Ahora que usted echó a correr la
canción, encienda el celestial y llene la de cristal, aluminio o plástico si
desea y le cuento que la idea es simple, es proferir acerca de una canción
escrita el año 1974 que guarda demasiada historia como para ser contada en un
par de líneas, eso es imposible, por ende me centraré en lo vivido por quien
tira dedos al teclado y que con seguridad atañe a más de algún lector desde
algún aspecto de su vida, en lo experimental, accidental o simplemente por
derecho.
Pink Floyd es de aquellas bandas
que forma parte del soundtrack de nuestras experiencias terrenales y como
alguien dijo en algún momento: “nuestro anfitrión en lo divino” , de aquel que
ya no tiene los pies sobre la tierra; una banda que marcó su destino al
desligarse del nombre “Megadeath” para llegar a conformar las dos palabras que
unifican el génesis y el apocalipsis, a la que damos las gracias por haber
existido y también por el quedar en el recuerdo sin tener que ser espectadores
de una debacle musical como la que dolorosamente vemos en algunos héroes de una
época que es mejor dejarla descansar junto a los tesoros de la juventud, “Remember
when you were Young” la cita, la leyenda de los cuatro y uno más.
Shine on You Crazy Diamonds
quedará inscrita en la historia como una descomunal descarga de talento, energía,
sentimiento y majestuosidad capaz de transportar los sentidos por sobre los
instintos hambrientos de una generación descarnada y rebelde; una obra maestra
que como todas las de los británicos se supo superar a la magia del estudio y
consolidar un sonido demoledor y confortable en vivo tanto en “Delicated Sound
of Thunder” como en “Pulse” (separados por 7 años) creando una atmosfera
cargada de sentimientos que conllevan a un trance inevitable que sólo podrán
entender aquellos de apertura craneana.
Una obra de nueve partes salidas
de la mente anacrónica de Waters musicalizada por quienes unos años más tarde
bifurcaron caminos a los de Roger; Gilmour y Wright cómplices del delicado pero
marcado toque a los parches de Mason, los cuatro que alineados a los planetas
dieron vida a al roce táctil del espacio y el tiempo; así es, es lo que vivimos
parte de una generación en aquellos incontables focus group sin más moderador
que el cáliz que acompañaba tardes otoñales, invernales, de verano y primavera
sin mayor preocupación que vivir una vida única libre de estándares,
obligaciones, necesidades triviales o de supervivencia politizada, vivíamos una
vida que sin embargo nos preparaba para alcanzar una madures y estabilidad que
debía llegar en su justo tiempo.
Como olvidar aquellos encuentros
sublimes con la adrenalina a mil por escaparnos de nuestros carceleros para
nosotros que en la práctica eran nuestros protectores, para simplemente
juntarnos a intercambiar ideas, opiniones devenidas en discusiones y peleas de
gallos en algunas ocasiones, acompañadas
de nuestros héroes de la música y los infaltables Pink; como en aquella
oportunidad, que aún llega a mi recuerdo en casa de aquel que se parecía a
Lennon, cantaba a Rod Stewart y profesaba a Floyd, aquel que aguardaba a su
comunidad con una mesa en relieve marcada de montañas verdes frondosas listas a
ser deforestadas para su pronta forestación acabada la temporada. Camioncitos
tolva en posición de recibir la carga vegetativa para su posterior
procesamiento, proceso acompañado de la armonía de un loco diamante llamado
Barret, calvo, desorientado pero pertinente.
Al cierre junto a la avioneta de
“On The Run” que se estrella tras un sonido interminable, y más tarde la
implacable súplica de “Vera”, acompañada de la marcha celestial que trae a los
niños de vuelta a casa, asoma nuestro anfitrión de la ribera del Chol – Chol, quien
trae brazos en alto…un instante que me guardaré y que sólo conocen aquellos que
estuvieron conmigo aquella tarde de los 90, “Bring the Boys Back Home”.
Señores quienes leyeron hasta el
final, mis respetos y gratitud, ya que sin duda comparten estas palabras desde
su vereda; es Pink Floyd la banda sonora de nuestras vidas, que sólo pocos
comprenden y la verdad no necesitamos demás, lo vivimos y seguirá
acompañándonos en los senderos a recorrer; es “Shine on…” “Wish You Were Here”,
“Confortably Numb” o las afortunadamente incombustibles fonográficas que nos
regalaron los Floyd, que tenemos para disfrutar acompañados de lo que nos hace
sentir plenos, un reserva, el de aquellos que te eleva y despierta los sentidos,
la circunstancia o simplemente la música de los cuatro y de aquel calvo de apellido
Barret que se presentó en el estudio para brillar una vez más como un loco
diamante.
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